miércoles, 25 de enero de 2017

INCERTIDUMBRE

En la incertidumbre echas sal al agua de mis contradicciones.
No me arrepiento de nada pese a que en mis desvelos y temores, mis lágrimas fueron la lluvia de calles vacías en eternas madrugadas.


Mi reloj acabó acumulando polvo acompañado de noches de inferencias recurrentes y desalentadas mañanas.

Mi vida es un vuelo sin motor, un aterrizaje sin control,
mis maletas cosidas de perseverancia e interrogantes quedaron selladas y aún no sé si al fin has desenredado la madeja de confusiones y malas consejeras.


Tarde o temprano las luces se apagarán para todos y con ellas, llegará el frío ocaso teniendo de recuerdo artificios de sonrisas, insípidas posturas y deteriorados abrazos.

sábado, 14 de enero de 2017

EL VIEJO PIANO...


Era la típica fiesta de cumpleaños en la que Paula no conocía a casi nadie, el tipo de fiestas a las que más de uno hemos ido alguna vez y nos hemos apoyado en un rincón pensando: “¿pero qué diablos pinto yo aquí?”

Paula ni siquiera conocía a la anfitriona pero qué menos que acercarse a felicitarla. Su nombre era Aitana, charlaron durante un largo rato, después vino la tarta, la cancioncita de rigor desafinando y los aplausos. Lo que Paula no sabía es que desde ese día nunca sería la mima.

Ambas conectaron bastante bien aunque aparentemente parecían bastante distintas y los encuentros amistosos no se hicieron esperar. Al cabo de unos meses en una mañana de otoño, quedaron para desayunar en casa de Aitana. Cuando Paula llegó le ayudó a recoger sus dibujos esparcidos por la mesa del salón y a limpiarse los gotazos adheridos a su piel. A Aitana le encantaba trazar sueños en lienzos en blanco y mientras ella seguía con un trapo mojado dejando pulcros sus brazos, Paula preparó dos tazas de té moruno que casi derrama por el pasillo, era un poco torpe, casi siempre le temblaba el pulso, sobre todo si pasaba unas horas sin haberse fumado un pitillo. A Aitana no le gustaba el olor a tabaco y cuando iba a visitarla, por respeto al ser su casa, Paula se conformaba con darle unas caladas a los cigarrillos electrónicos que sabían a incienso clerical. Aunque la mayoría de las veces con práctica acababa disimulando la agitación de sus manos, pero esta vez, no hizo falta decir mucho, su incontrolable temblor la delató y no, en esta ocasión no solo era por la falta de nicotina en su cuerpo.

_ Paula, ¿te encuentras bien?­_ Dijo Aitana un tanto confusa y preocupada.

_ Sí, sí, tranquila, solo que para variar no he dormido muy bien.

_ Dime la verdad, ¿qué es lo que ocurre? Nunca te he visto así

_ A ver, Aitana, siéntate, lo cierto es que quiero hablar seriamente contigo y solo te pido un favor, que me dejes terminar sin que digas una sola palabra puesto que no sé si sería capaz de poder repetirlo.

_ Me estás preocupando, estás pálida, me dijiste que los análisis habían salido perfectos ¿me mentiste Paula? ¿Es grave lo que te pasa?

_ No, no se trata de nada de eso, déjame hablar, cuanto antes empiece antes acabará todo esto.

Desde que la conoció, Paula le escondió un secreto que no sabía muy bien por dónde empezar a contárselo ni cómo hacerlo.

Aunque en realidad, Paula estaba segura de que Aitana no se iba a sorprender, puesto que hay misterios que por mucho que intentemos atesorarlos, con una simple mirada basta para romper el candado del baúl  y descubrir los absurdos enigmas que, a veces nos creamos por cobardía, por miedo. Sangramos ansiedades al acumular palabras en el pecho sin dejar que entre en nuestros pulmones ni un halo de aliento. Que por otro lado, no es más que fruto del ego que nos impide desnudarnos por dentro.

El punto de partida que le llevó a decirle aquello es que hacía ya un tiempo que Paula se prometió a sí misma que jamás taparía la herida de un puñal o la caricia del sol porque lo que no decimos se convierte en deuda, en error, lo que no decimos no se muere…nos mata.

Hoy estamos aquí pero, ¿mañana? quien sabe… y, ¿dónde irían entonces las palabras no dichas? ¿Dónde iría tanta contención y silencios?

Al fin, con un sonoro suspiro y entre alguna que otra gota salada que provocó un deshielo se lo dijo a cuerpo descubierto. Y en ese mismo momento se sintió como si soltase gusanos amontonados, desdibujados de freno con gamas de libertad y embriaguez.

Le relató que cuando comenzó a ser consciente de unas imparables emociones estuvo en estado de negación, pero durante días recordaba la primera vez que sus ojos se cruzaron y aún no podía evitar rebobinar sin que se le dibujase una estúpida sonrisa en la cara. Y ahí comenzó el principio del fin ya que era consciente de que por mil motivos y para “su desgracia” se había enamorado de la persona equivocada.

_ Es como una dulce condena que tarde o temprano a algunos nos toca vivir_ continuó Paula.

Aitana no era capaz de aguantarle la mirada y siguió escuchando en silencio…

_ Intenté evitar esa atracción que iba mucho más allá de lo físico, en ocasiones lo conseguía y me alejaba de ti ignorando tu mundo, pero un anzuelo con el que no lograba combatir me sacaba de mi océano y paradójicamente me perdía siguiendo tus pasos y no lograba hallar el camino de regreso.

Es indiscutible que los humanos por instinto y necesidad, cuando nos enamoramos de verdad, deseamos besar, acariciar y tener relaciones e intimidad con la persona amada, puesto que esas emociones no expresadas se convierten en frustración._

Aitana se ruborizó y se podía apreciar una sutil incomodidad pero a su vez, prestando mucha atención.

_ Logré ponerme fronteras que prometí no saltarme jamás, existen amores imposibles y hay que vivir con ello sin dolor. Son circunstancias de la vida que hay que aceptar dejándolas fluir: ni deshaciéndome de ellas a la fuerza, ni intentando introducir amor en un corazón distraído como el tuyo.

Todo sería más fácil si pudiésemos elegir de quien nos enamoramos, pero también sería menos mágico, es algo que no está al alcance de mis manos.

Nunca quise engañarte, cuando te tengo a mi lado mi corazón se dispara, cuando nos cogemos de la mano como ahora lo estamos haciendo, me dan ganas de llevarte lejos y no soltártela jamás, y lo más extraño es que cada vez que estoy a tu lado tengo la sensación de conocerte toda una vida. Son instantes donde sí se desmadra esa irracionalidad y se coleccionan sin querer los sueños hasta que escucho ese despertador cubierto de escarcha y una fugaz despedida helada, y vuelvo a la realidad sin remedio ni apegos.

Si tuviera que coger un mapa e ir uniendo casualidades contigo, te quedarías sin palabras. ¡Hay tantas cosas que no sabes!… es como un eterno retorno que siempre va a parar a ti.

En mi vida he amado mucho y me han amado mucho. Y amar, lo hacemos casi todos pero a veces no sabemos amar y yo me siento orgullosa de haber aprendido a hacerlo contigo, y es que, quien sabe amar de verdad le desea lo más bello a esa persona sea con quien sea, y así es, mi mayor deseo es que nunca sientas soledad, que derrames solo lágrimas de felicidad, que formes una bonita familia, con niños correteando, perros jugando, tardes de Domingo y paella acurrucada en unos brazos llenos de protección y fidelidad. Imitando subconscientemente lo que has visto en tus padres, en realidad eso es lo que siempre has buscado, lo que siempre has querido.

También te pido que aunque sigas volando alto, muy alto, recuerdes que una vez hubo una chica un tanto colgada, que te quiso con toda su alma.

Mi misión contigo ya la he cumplido, tu misión conmigo ya la has cumplido, me has aportado mucho y espero haberte aportado algo yo también al cruzarse nuestros caminos, pero es hora de marcharme, tengo claro que ha llegado el momento de aprender a soltar, a dejar ir... aunque algo se me rompa por dentro, bueno, mejor dicho, aunque mucho se me rompa por dentro y aún se me queden miles de palabras que solo podré gritar en algún cuaderno mientras  tu  nombre se va difuminando con el viento y el tiempo.

Venga… no estés tan seria… _Continuó Paula con una forzada sonrisa domando mil lágrimas transfiguradas y el dolor de un adiós infinito.

_ me alegra que mi primer amor imposible haya sido “mi chica” salvaje e imperfecta, y es que, lo que de verdad me enamoró es que seas aire, fuego, mar y tierra.

Una vez leí algo así como que hay amores únicos, absolutamente arrolladores que no importa siquiera si empiezan, ni si es una sola persona quien lleva ese fuego dentro, lo que de verdad importa es que existieron y yo, yo me quedo con eso..._

Aitana sobrecogida, no podía disimular cierta emoción, desconcierto, recelo…

Al fin, miró a Paula a los ojos, y pese a ser una persona desconfiada, sabía que las palabras de Paula no eran vacías. Con decisión se levantó del sofá, la llevó a la otra punta del salón y dijo:

_Ven, siéntate a mi lado, deja que te enseñe cómo deben hundirse nuestros dedos en la mellada dentadura de este viejo piano.

Tenemos dos opciones: Yo pongo la música y tú la letra, podemos dejar de recuerdo una canción triste para los momentos bajos o podemos crear la canción perfecta…

Las dos se apoyaron frente al piano en una banqueta de madera tapizada en color azul y con motivos blancos con la flor de lis. Los brazos de Aitana envolvieron a Paula como si quisiera tenerla ahí para siempre, la sentó encima de sus piernas y Paula la besó lentamente entremezclando solo sus labios para después recrearse con su lengua de forma dócil, un beso cada vez más prolongado donde se iban sumando caricias entre el pelo, tactos más desmedidos por encima de la ropa… hasta que sus cuerpos no resistieron mucho más. Paula quería ir despacio por temor a que se echase todo a perder, en realidad, con ella siempre le gustó ir despacio.

Con los ojos cerrados siguieron besándose de forma más intensa y por inercia volvieron al cómplice sofá, espectador de la clandestina declaración. Y ahora sí, frente a la chimenea, y sin contemplaciones, Paula le despojó la ropa desnudándola casi al completo, ella hizo lo mismo por sí sola deseosa de juntar la piel de Aitana con la suya.

El viaje comenzó hasta surcar nadando las partes más prohibidas de su anatomía, el cuerpo de Aitana tuvo un impulso y a los pocos minutos se derritió por completo avivando con su lluvia las sombras de las llamas que iluminaban sus cuerpos desde que le desclavó aquel beso.

Aitana, pese a tener una profunda sensibilidad, era una mujer hasta en ocasiones algo primitiva, pero ahí se volvió frágil, se hizo pequeña y le avergonzó haber culminado ese momento de pasión en tan poco tiempo.

Se situó encima de Paula y dijo en voz baja:

_ Quiero devolverte las mismas sensaciones que acabo de vivir, quiero que me des lo mejor de ti, quiero que vueles hacia otro universo, si no al mismo, a uno muy parecido al que me has elevado.

_ ¿Es eso lo que quieres?

_claro…

_Entonces levántate, coge mi mano y toca de nuevo en la mellada dentadura del viejo piano…

 
 

martes, 6 de diciembre de 2016

CORTEN



Cada encuentro era como esa película que has visto miles de veces pero prefieres quedarte un sábado por la noche en casa solo para volver a disfrutarla.

Pasan los días y cada segundo es una evolución de nuestros personajes. Quizá la secuencia que se nos escapó ayer, la podamos percibir de otro modo mañana. Y es que un lunes sus miradas encienden la hoguera en invierno y el jueves le dedica a otro los "te quiero" que a mí nunca me dirá, mientras los míos gravitarán en algún agujero negro donde ni siquiera la luz puede escapar...
Y aún así, vuelvo a adentrarme en las escenas y seguiré escribiendo mi guion hasta que no escuche el "corten" definitivo de la claqueta.


martes, 1 de noviembre de 2016

¿ESPECTÁCULO?


Aparición fugitiva, presencia sumisa a ratos guionizada y otros, otros despojada de protocolos y cátedras.

Resbaladiza y ausente o con los ojos perfilando un “para siempre”...
Me encumbras al pedestal o me conviertes en una sombra difusa sin más.


Y yo culpabilizándome por no concederme la oportunidad de saber qué es lo que hicimos tan mal.

Solo hay silencio, estoy en medio de un puente flotante de tablones podridos que me impiden llegar a cualquiera de sus extremos sólidos y nítidos.

Tus desaires son la encrucijada de dos caminos opuestos,
Tu ausencia, el alimento de mi auto destierro.


La carpa del circo que con nocturnidad y entereza sepulté,
aún se dejará ver tras las tormentas cuando remuevan la tierra.

Mi ceguera me hizo formar parte de un espectáculo donde me convertí en el león domado. 
 
Y lo peor, es que estaba siendo amaestrada sin ni si quiera saberlo.
Pero el tiempo, aliado para despertar, es el paso del tiempo.
Y pese a todo, algunos no cesaremos en nuestro empeño de crear y creer utopías

Porque mil veces que volviese a nacer, las mil volvería a arriesgar
No quiero mi cuerpo en la tumba sin cicatrices, intacto 
 
Ni la sombra de mi alma encogida con los labios cosidos por el miedo y vagando.

 





 




 


miércoles, 12 de octubre de 2016

EN LAS ALTURAS...

(Relato extraído de mi libro "Encuentros Entre Notas Discordantes")


Era sobre el año 2005. Otro día de lluvia, de frío, de inercia y de sobrellevar las consecuencias de los vicios. Intenté disimular mis lágrimas mientras entraba la clientela y doblaba de forma soporífera aquellas camisetas. Más de una vez tuve que esconderme en el almacén para escapar del rutinario enjambre de abejas.

Mi vida en pareja se estaba yendo sin remedio ahogada por la marea. Ella era el norte y yo el sur, ella era de camisas y perlas y yo de cruces y calaveras, ella era de selfiesy yo de admirar columnas griegas, ella era de ver reality showsy yo de evadirme con canciones, mi guitarra y mil cervezas. Salí de nuevo a que me golpeasen las estridentes luces, la insoportable música de la tienda y las agudas voces de las impacientes clientas, hasta que entró por la puerta la persona que ese día daría una vuelta de tuerca. No nos conocíamos; bueno, en realidad ella a mí no, pero yo a ella sí a través de sus trabajos artísticos y disfrutaba de su talento, para más inri, justo en esa misma época. Nunca la había visto en persona y, en el momento en que la vi pasar, me «enamoré»; no es que sea enamoradiza, todo lo contrario, para que yo me enamore de verdad ha de juntarse el sol con la tierra, pero en el momento que mis ojos se cruzan con una determinada persona y una fiebre con aspecto de ceguera invade mi corazón y mi cabeza, sé con certeza que es ella.

Dio varias vueltas viendo las prendas sin mirarlas si quiera; yo observaba sin disimulo cada uno de sus movimientos. Nadie parecía percatarse de su presencia, nadie la reconoció, pero ella sí se sentía observada por alguien desde un mueble que tenía por trinchera. Estuvimos mirándonos durante un largo tiempo, un juego para ver quién aguantaba más la mirada o para ver quién lograba mejor disimularla. Al rato, se acercó a mí y antes de que fuese a hablar le dije:

—Tú, tú eres… —Sí, soy yo. —Y me sonrió. Después de ese patético comienzo, surgió una estrambótica conversación sin más. Ella tenía unos doce años más que yo, pero eso no supuso impedimento para que entre risas y flirteos surgiese una intensa simbiosis que no pasó desapercibida para los que, como quien no quiere la cosa, afinaban el oído con la intriga del desenlace de un interrogatorio cada vez más subido de tono, aunque nosotras estábamos en nuestra burbuja sin atender quién podría estar escuchando alrededor. No sé quién estaba más loca: si ella o yo.

Me costó sangre, sudor y lágrimas tener que cortar ese marciano encuentro, pero debía seguir con aquellas camisetas arrugadas, que la mirada de sargento de la jefa me pedía a gritos que fuesen inmediatamente colocadas. Aquella atractiva treintañera me dijo que iría al día siguiente y a la misma hora para volver a vernos. Y, sin más, la máquina oxidada que el tiempo había implantado en mi corazón se destruyó saltando en mil pedazos el metal y los engranajes que hicieron de mí un androide que había olvidado el significado de la palabra emoción.

Después de aquello, tuve que contenerme y guardar la compostura con una irremediable discreción. De noche recibo una llamada de mi jefa en la que me anunciaba que mi horario había sido cambiado. Estupefacta, y dándole mil vueltas a la cabeza, intenté idear algún plan para no frustrar la visita de la chica que me había hecho desatar mi lado más intenso y animal. ¿Qué podía hacer? No tenía su teléfono, no sabía dónde estaba hospedada, solo sabía el motivo por el cual estaba allí y que era una visita fugaz, pero esa información no me servía de nada para encontrarla y el pensamiento de estar toda la tarde esperando en la tienda sin ser mi horario de trabajo no era muy buena idea, ya que me negaba a alimentar mi fama de rarita entre mis compañeras.


Me pudo el miedo al qué dirán y me paralizó la situación, era demasiado joven para pensar con picardía y dar con ella aunque tuviese que haber buscado hasta debajo de las piedras. La perdí, la perdí por completo, nunca más volvimos a vernos y al poco tiempo me marché a otra ciudad, con lo cual nunca supe si alguna vez regresó allí para preguntar por mí. «Las cosas pasan por algo y esto no debía pasar», me dije como consolación.

Pasó como una década y durante esos años, y aun teniendo oportunidades, nunca hice lo más mínimo por acercarme a ella. Me cerré pensando que mi tren pasó. ¿Miedo? ¿Vergüenza? Sí, es posible pero ese «enamoramiento» no llegó a diluirse del todo, siempre sentí que dejé algo a medias, se producían en mí sentimientos contrapuestos, y cuando aparecía en la televisión, apagaba al instante el aparato porque me hacía daño hasta escuchar su voz. Mi mente pretendía huir de aquella coincidencia que tan solo quedó en mi recuerdo entre nostalgia y anécdota y ese halo de cobardía y falta de inteligencia que me hizo perderla.

Siempre he creído que las palabras que no se dicen se enquistan, se pudren y te van corrompiendo el alma. En una conversación trivial de una reunión con conocidos, alguien comentó sin saber nada de esto que ella iba a actuar en un local para un grupo reducido de personas selectas. Y ahora sí algo me dijo que era el momento exacto para volver a encontrarme con ella para simplemente decirle a la cara lo que se me había comprimido dentro. Me dirigí allí con esa única intención, solo quería saber qué hubiese pasado si hubiésemos seguido manteniendo el contacto y aquel disparatado diálogo.


Entré en el lugar en el que iba a exponer su nuevo trabajo y, con tan solo cruzar la puerta, el sitio me suministró una inyección de buenas vibraciones: las luces estaban muy tenues y la gente permanecía dispersa por el suelo haciendo ejercicios de meditación. Yo preferí sentarme en una silla, no por nada, pero me parecía un tanto ridículo ponerme allí a hacer la postura de la flor de loto para ir con ínfulas de moderna provinciana junto a hipsters y gafapastas.

Estaba muy nerviosa, no voy a negarlo…, pero eran nervios de expectación, nervios como los que pueden sentir los niños cuando van de excursión. Salió al escenario y, afortunadamente, los años no habían mermado su vehemencia ni sus tintes de chiflada sarcástica, el único cambio eran unas incipientes arrugas que a mí me hicieron verla más atractiva aún. El espectáculo terminó y se encendieron las luces como un potente sol de agosto. No sabía muy bien si aquello iba a ser un comienzo, un final o un patético ridículo por mi parte, pero me daba igual, nunca dejo que se me quede dentro eso de «qué hubiese sucedido si…». Los que allí estaban se pusieron a hablar entre sí, eran artistas y todos de un modo u otro se conocían.

Cuando ella se quedó sola, me acerqué y a simple vista no me reconoció, se me quedó mirando fijamente igual que la primera vez examinando mis ojos, como intentando descifrar lo que decían sin hablar.

—Me he hecho algunos kilómetros para verte y desde luego que ha merecido la pena; enhorabuena. Se quedó pensativa y me preguntó:

—¿Vienes de fuera? ¿De dónde vienes? Y le expliqué todo lo que tenía que explicarle, y al hacerlo me quité un pesado yunque que durante años se me había adherido con su nombre inscrito dentro. Ella recordaba la escena de la tienda con nitidez, aportando anécdotas que ni yo misma retuve, pero mi aspecto había cambiado muchísimo a lo largo de los años y, aunque no recordaba bien mi rostro, sin decirle nada me llamó por mi nombre, eso no lo olvidó, no sé por qué razón le encantaba tanto pronunciarlo, me agarró sin reparos por el cuello y puso sus labios en mi oreja susurrándolo una y otra vez, una y otra vez con su atrayente e inconfundible voz.

Con esos arrebatos daba la sensación de que estaba loca, muy, muy loca, pero yo en el fondo sabía que se lo hacía, se había creado un personaje de «tipa extravagante y rara», pero cuando hablábamos en serio y desaparecía la hiena era una mujer tranquila, culta, tremendamente inteligente y con un talento innato para el arte y para el escapismo cuando algo no le interesaba. Pero si por algún motivo llamabas su atención, era la mujer de las dos caras que se transformaba en una voraz depredadora a la que le lucía desplegar todas sus armas de seducción hasta convertirte en su presa.

—Eres una pasión hipnótica, al igual que tu perfume —volvió a susurrarme aún aferrada a mi cuello paseando su boca entre mi cara y mi cabello. Le encantaba recrearse en su dominio de la persuasión mientras yo no le ponía impedimentos. Después de estar más de media hora con lascivos coqueteos delante de sus invitados, que por fortuna pasaban de todo, me dijo—: Ven, vente conmigo. Sonreí y respondí confiada: —¿Dónde? ¿A dónde quieres que vaya contigo? Me extendió su mano, la tomé con fuerza y recorrimos algunos pasillos hasta llegar a un apartado. Ella mandaba, ella tenía el poder y las riendas, y yo me abandoné encantada de que adquiriese la batuta como una directora musical sabiendo bien los movimientos que debía dar para dirigir y hacer melodía con mis notas revueltas.

Cerró la puerta, deslizó el pestillo y sin mediar una sola palabra comenzamos a besarnos como si fuese nuestro último día en la tierra. Fue recorriendo con leves mordiscos y besos sus húmedos labios de nuevo por mi cuello hasta la zona de mi pecho. Era una cazadora hábil y ya sabía por su acercamiento anterior que estaba atacando un punto débil.

—Para, para, para… —le dije con un suave hilo de voz porque ya llegó un momento de excitación que iba debilitándome con cada exhalación. No sé por qué en una situación semejante se dice ese «para», cuando en realidad lo que queremos decir es «sigue». Quizá porque con ese comienzo ya sabes cuál será el final y después de ese final temes lo que pueda pasar. En el fondo, quería que continuase, perdí totalmente la cordura y me dejé llevar.

Literalmente, nos fuimos arrancando parte de la ropa mientras yo me iba derritiendo entre sus dedos y su mirada quedaba inamovible en la mía jactándose con ojos de fiera de que estaba realizando muy bien su destreza. Una de cal y otra de arena. Sabía mezclar de forma armoniosa lo pasional con lo salvaje. Ella también se excitó de tal manera haciendo de mí lo que quiso que solo me bastó sentarla, agacharme y deslizar con suaves movimientos mi lengua para que acabase la sinfonía con gemidos, rendida y apoyada con su espalda en el espejo de la pared y sus piernas todavía tensas sobre la mesa.

Después de esto pensé que se vestiría, me daría dos besos de rigor y un «hasta nunca» como regalo de consolación. Pero no, ella me vistió a mí y entre prenda y prenda me besaba calmada, despacio y con sutileza. Ya está, ya se había liberado con demasiada rapidez esa tensión sexual no resuelta; ¿y ahora qué? Salimos del local de la mano y, como era propio en ella, lanzaba preguntas con un toque de misterio:

—¿Te gustan las alturas? —Depende de qué alturas me hables… Me dan miedo, desde luego que no me gustaría caer al vacío y sin red. Me sonrió y contestó: —No me tengas miedo; cogida a mi mano no consentiría que cayeses por ningún precipicio, no te haría eso…

Era muy astuta, y en nuestras breves conversaciones había analizado mi personalidad y había descubierto que no hay nada que me gustase más en este mundo que me sorprendieran. Me llevó a su inmensa y acogedora terraza llena de preciosas plantas donde los laterales estaban protegidos por enormes y macizas cubiertas de madera. Podía verse desde allí la ciudad de Madrid entera. Me asomé para contemplar las espectaculares vistas, ella me abrazó por detrás, puso su cara junto a la mía y dijo: —¿Qué? Es bonito, ¿verdad? Sabía que te gustaría. Y poco a poco, aquella ave rapaz se fue desplumando, resultando ser una romántica. Puso a Frank Sinatra en un vinilo, comenzó a bailar sola y se sirvió una copa de vino.

—Eh, bailarina, ¿qué te parece si esta noche pasamos la noche aquí afuera? Es realmente fascinante.

Con cara de vencedora respondió: —Me has leído el pensamiento, iba a proponértelo. Muchas noches duermo en este rincón a la intemperie observando el oscuro cielo de la ciudad donde no se dejan ver las estrellas, pero hoy tengo la suerte de tener a mi lado a una de ellas… Al acabar esa frase, me guiñó un ojo, me lanzó una sonrisa traviesa y me besó en la mejilla. Yo sin dejarme embaucar por sus palabras le solté: —¡Ohhh, qué bonito! A cuántas les habrás dicho lo mismo… —Oye, tú, señorita ironía, nunca le digo lo mismo a dos personas distintas y, por cierto, estas cosas se las digo a muchas menos de las que imaginas…


 —¿Y a qué debo este honor entonces? Porque me reconocerás que no es muy normal que casi me violes al pie del escenario delante de la gente, que después tengamos un par de salvajes orgasmos en un camerino y luego traigas a tu casa a una completa desconocida.

—¿Ves? Te haces preguntas y eso significa que piensas, es difícil encontrar hoy en día a alguien que piense; ¿te parece poco? —dijo carcajeándose con su eterno vacile y siguió—: A ver, soy tal cual me ves, alocada, pero con los pies en la tierra; impulsiva, pero despierta; no voy por ahí arriesgándome ni haciendo lo que he hecho contigo. Las personas que estaban allí eran colegas y les importa una mierda lo que haga, ya me conocen de sobra, tengo cuarenta y cinco años y me basta una mirada para saber a quién beso, a quién me follo y a quién traigo a mi casa, y tus ojos son tan expresivos que puedo leerte hasta el alma. Me dejó sin palabras, era perspicaz, segura y vi sinceridad en ella; lo cierto es que no tenía por qué mentirme, ya que tendría a mil como yo a sus pies cuando quisiera y, total, ya había caído en sus redes igualmente, así que me dejé de escepticismos y decidí disfrutar de aquellos irrepetibles momentos que te regala la vida.

Estuvimos casi toda la noche difuminando sonrisas con las más arcanas confesiones, nos compenetrábamos a la perfección y era inevitable que cada vez que se rozaban mínimamente nuestros cuerpos soltásemos esa pasión descarriada; teníamos una atracción carnal y psíquica que hacía que hasta nos provocásemos con solo mirarnos en silencio. Y esta vez hicimos el amor a fuego lento, eso de las salvajadas en un cuarto con tintes adolescentes no está mal en un determinado momento cuando se nubla la razón y se apodera el instinto animal que llevamos dentro. Pero haciendo honor a las palabras de Robin Sharma, pienso que hay que disfrutar de los diamantes del camino sin que nos ciegue el tesoro.


Llegó el amanecer y me despertó situándose sobre mí en la misma postura que yo estaba ubicada, boca abajo y encima de mi espalda comenzó a tocarme suavemente, pero con precisión, subiendo lentamente por los muslos, siendo su mano una bienvenida intrusa que se coló por la ropa interior, se deshizo de ella y consiguió sin mucho esfuerzo que emergiese el deslizante recorrido que le facilitó el camino.

Incorporó mi torso dejando mis rodillas ancladas entre las sábanas blancas revueltas para que mirase las nubes purpúreas que estaban dejando salir a un tímido sol. Siguió tras de mí imitando mi posición sin dejar de resbalar sus dedos más abajo del monte de Venus mientras humedecía ingeniosa y levemente la otra mano con su saliva para después acariciar mis pechos que, con el paso de una suave corriente, erotizó más el momento, haciendo que se endurecieran entre su tacto y el viento. Estaba tan pegada a mi espalda que sentía sus pezones erguidos rozando mi piel erizada. Se propuso hacerme volar dándome placer mientras mirábamos el firmamento cuando la realidad es que desde que me besó ya estaba volando sin ella saberlo.

—Eesto, eeesto, eeeesto debe ser lo más parecido al paraíso, ¿no? —dijo con la voz entrecortada y el ritmo cardiaco a punta de pistola, donde parecía que iba a salir su corazón en forma de bala mientras su respiración y la mía ascendían cada vez más aceleradas. Y no es que aquello fuese parecido al paraíso, es que era el mismísimo Olimpo y ella mi Afrodita, a la que no pude contestar porque me faltaba el aire, porque me faltaban fuerzas y porque me sobraba vida.


Cuando llegó el delirante desenlace y pude recuperar algo de aliento, me di la vuelta, le retiré el sudor de su frente, la miré y le dije: —¿Sabes? Ya puedo responderte, y es un sí. —No entiendo, ¿un sí a qué, mi princesa? —Un sí a tu pregunta; a partir de hoy no tengo miedo y a tu lado sí que me gustan las alturas.

DICEN QUE NO HAY DOS SIN TRES...



"Me propuse buscar en cada recoveco el arma que me ayudase a romper a golpes esa maldita pared.
Y encontré las respuestas en los libros, esos libros que sin consciencia abandoné a los quince años como quien abandona las estrellas por recoger proyectiles de piedras que lanzaba contra mi propia cabeza."
(Fragmento del relato "Desnuda")

Amigos, hace unas semanas que "Encuentros Entre Notas Discordantes" ya va por su tercera edición.



Poco a poco este libro que tantas satisfacciones personales me está regalando va traspasando fronteras...

Me gustaría dejaros con una bonita reseña que le han dedicado desde la revista digital "¿Qué leo?" desde Buenos Aires, Argentina:

http://queleo.com.ar/encuentros-entre-notas-discordantes-3/


También os dejo los enlaces donde podéis adquirir el libro:

EDITORIAL CÍRCULO ROJO: Lo recibiréis en casa en formato físico y DEDICADO.
enlace:
http://editorialcirculorojo.com/encuentros-entre-notas-dis…/...

FNAC: Catálogo online, lo recibiréis en formato físico y DEDICADO. Enlace: http://www.fnac.es/mp48…/Encuentros-entre-notas-discordantes
 
AMAZÓN: Lo recibiréis en formato físico SIN DEDICAR
Enlace:
https://www.amazon.es/Encuentros-entre-notas-d…/…/8491262911
 
FORMATOS EBOOK:
 
 
 
(También lo podéis adquirir dedicado en formato físico y dedicado a través del correo:
Soco-work@hotmail.com)

domingo, 26 de junio de 2016

EL TALÓN DE AQUILES


Se le clavaron dos flechas envenenadas: una en su hombro donde brotó negra sangre y otra en el talón que fue con la que desfalleció.

Mortificó las yagas de su sensiblería, esas con las que no dejó de ilusionarse ni un solo amanecer. Pero nada fue lo que parecía, la culpa fue del incontrolable imperio que arrasó su razón y se depositó en el hueco del alma para implantar ahí sus Quijotadas y también del ingenuo universo paralelo que persiguió para subsistir con lo que consideraba un bello cuento de hadas, resultando ser patrañas que ahora maldice una y otra vez.

Quizá fue aquella absurda prudencia y las clases magistrales de niña buena las que le impidieron abandonar y soltar un puñetazo en la mesa.

_“¡suelta! ¡Suelta!” _ le dijo su instinto hasta llegar el eco a los sentidos. Pero al instinto solo le hacemos caso cuando nos conviene y a ella le encajaba ignorarlo y seguir cavando en silencio y con paciencia el túnel hasta que encontró solo una mísera y lamentable cueva.

Y ahí está esa alma agotada, doblegada y desarmada sin romper en llanto pero sí cubierta de impotencia mientras escucha “canción de otoño” escupiendo letras para mañana poder mirarse al espejo con un trazo de amor propio centrándose en sus sueños y dejar de venerar de una vez los sueños de otros.