martes, 9 de mayo de 2017

LA ROSA QUE NUNCA TE DÍ...



Gia apareció en mi vida de la forma más ilógica e improbable.
Hacía poco que yo ya había dejado atrás los días de botellas de licor vacías, amontonadas o esparcidas por el salón, de dormir en el sofá, de despertar por las tardes y regatear la realidad perdiendo el conocimiento en las madrugadas. De tener encendida y de adorno la televisión para disuadir a conciencia mis propios pensamientos. El perfecto antídoto idiotizador. Algunos optamos por hacernos daño por fuera para matar lo que sentimos por dentro, porque al igual que Susanna Kaysen, yo también fui una chica interrumpida.

Y Gia, Gia era como una ridícula persecución: en el silencio de los amaneceres, en noches en vela y hasta en la orilla del mar, sin llamarla, sin buscarla, allí estaba ella.
No aparecía de forma sucesiva, tan solo lo hacía en momentos cruciales. Se convirtió en mi compañera de viaje en el punto de inflexión, en el de mi transición…

En ese momento eran muy escasas las personas que de algún modo lograsen capturar mi atención; arduo trabajo era ese para un corazón ya cansado e inapetente.
Ni siquiera conocía su rostro y ya se había hecho un hueco en mi vida. Comencé a imaginarla inventándome la apariencia que se me antojase o una personalidad que supiera atraparme. Quizá durante todos los años pasados había estado buscando en otras lo que en realidad quería encontrar en mí misma.

Y al fin nos vimos y… Gia no era capaz de aguantar miradas cuando se bajaba del pedestal, pero encima de él podría estarse minutos sin pestañear haciéndome el amor con la mirada.
Era tímida pero con personalidad, insegura, no sabía expresarse demasiado bien, tenía mucho qué hacer y decir pero creo que aún no estaba preparada para saber cómo decirlo o hacerlo, aparentemente era algo insulsa, sí, pero desprendía una vulnerabilidad y dulzura y a su vez, un lado salvaje y libre contenido. Y encima era guapa, ¡vaya que si era guapa!, como diría Pérez Vallejo: Era guapa, no guapa de esas que tienes cerca y suspiras, guapa de aquellas otras que tienes lejos y te falta el aire.

Podría haber sido la antítesis a mis preferencias. “la belleza está en el interior” nos dijeron en una novela pero dejando un poco la hipocresía de lado, reconozco que la atracción física ayuda, engancha o encadena.

No sé porqué el destino o lo que diablos fuera quiso ponérmela a empujones en mi camino hasta que creí averiguarlo: Apareció para desintegrar las palabras acumuladas que me escocían en el alma para ponerlas en mis manos, entre mis dedos como brasas que solo derramando tinta podía evitar más llagas.
Pero si mi destino estaba escrito, hubiese seguido su curso con o sin su presencia, hubiese despertado de nuevo esa pasión dormida de cualquier forma o manera. 

Por aquel entonces, aún no había comprendido que las personas son especiales porque nosotros las hacemos especiales, también, los dolientes que venimos con cicatrices, cualquier pequeño gesto que nos brinden, por insignificante que sea, lo sentimos como si un zahír nos proporcionase agua hallados desfallecidos en el desierto.
Y desperté del sueño y ya no todo vale, dejé de venerar ciegamente, comencé a quererme, me salí de rebaños di un salto dentro del raciocinio, aunque aparentemente acabase “perdiendo”

Y terminé el juego, y se quedó la rosa que tenía para ella, marchita y en posición de centinela, me hice una promesa pero sin tener nada que ver con el ego, ni el orgullo, ni nada de eso.

Es la ficha del amor propio quien ahora está en el tablero y ya aprendí que solo nos sentimos nostálgicos o echamos de menos los recuerdos, no a las personas, sino a los recuerdos intensificados y distorsionados. Las personas no pueden ser como nosotros queremos que sean. Pero malditos recuerdos que  aparecen recordando lo que quise que fuera, la que yo inventé y al final no era…