viernes, 27 de enero de 2017

EL DETONANTE...


Y sin más, una simple frase o un no detalle hacen que de golpe se aglomeren todas las no visitas, las palabras que te provocaron heridas, lo que dijiste una y otra vez y quedó apuntado en el agua.
Y se produce el detonante, y te nace un hormigueo desde la boca del estómago hasta las sienes, esas columnas que cobran vida propia, palpitantes que visten de rojo lo que segundos antes había sido una palidez fantasmal.

Y pones la balanza, y te haces mil preguntas, y algo te rompe por dentro y dices un lapidario “¡se acabó!” y un se acabó no es igual a los veinte que a los doscientos, sí, doscientos, esos que te han curtido, esos que te hacen mayor, los de “cuando tú vas yo vengo”.
No sé a cuántas personas echamos de nuestras vidas después de haber sido esos insulsos seres crédulos, sumisos, tímidos títeres, contenedor perfecto donde otros guardaban su basura. Y callabas pero no olvidas.

Hemos perdido la cuenta desde que dimos paso a una necesaria evolución, de la gente a la que le hemos escupido la verdad a la cara, y es que las verdades no gustan y ahí es cuando te convierten en “los malos”, en “los Divos”, los rebeldes, los impacientes, los que cambiamos.
Hubo un tiempo en que nos dio miedo la soledad, y estuvimos solos, nadie escuchaba desde la otra parte del muro o se hicieron los sordos.

Y llorábamos, vaya que si llorábamos, hasta que dejamos de llorar y elegimos quién queríamos que caminase a nuestro lado, sin “para siempres”, espontáneamente, para lo bueno y para lo malo. no, para lo malo ya nos tenemos a nosotros mismos que para eso la vida nos ha hecho tener doscientos años.